Pintura del siglo XIX (II): Realismo

El Realismo surge después de la revolución francesa de 1848. El desencanto por los fracasos revolucionarios hace que el arte abandone los temas políticos y se concentre en temas sociales: la industrialización determinaba ya la desaparición del artesanado y la formación de una numerosa población obrera acumulada en los centros urbanos. Las condiciones de vida económica y social sufren una alteración muy profunda, y los artistas toman ya conciencia de los terribles problemas sociales (trabajo de niños y mujeres, los horarios excesivos, las viviendas insalubres).

Así, el Realismo es un término confuso, de difícil definición, pues sólo alude a una actitud, la del artista, frente a la realidad que lo rodea. El objetivo del Realismo era conseguir representar el mundo de una forma verídica, objetiva, imparcial, alejándose de idealismos. El manifiesto del Realismo se basaba en:

  • La única fuente de inspiración del arte es la realidad
  • No se admite ningún tipo de belleza preconcebida: la única belleza válida es la que suministra la realidad
  • Cada ser y objeto tiene su belleza particular, y es esa belleza la que debe ser descubierta por el artista

“El taller del pintor” de Courbet, cuadro que dio origen al movimiento, totalmente anti-academicista

“Las espigadoras” de Millet

“El vagón de tercera” de Daumier

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